LA HEROICA GESTA DE LOS MATÍAS LUPO - Capítulo IV

El Libro… recordó Nicanor. En algunas ocasiones Agamenón le había hablado del misterioso libro. Pidió la cuenta y se dirigió al pequeño par...

El Libro… recordó Nicanor. En algunas ocasiones Agamenón le había hablado del misterioso libro.

Pidió la cuenta y se dirigió al pequeño parque que había camino del casino. Olvidado entre viejos chopos había un desgastado banco de madera donde acostumbraba a sentarse unos minutos antes de echar la partida de la tarde. Le gustaba esparcir unas cuantas migajas de pan y ver como los gorriones se apresuraban a recoger el sencillo sustento. Se preparó una generosa pipa de buen picado cubano, ahora que bebía menos es cuando fumaba más. “Me aburre mi buena salud”, decía cuando le preguntaban por el tabaco. En esos momentos, ligeramente traspuesto, cuando el sol de la tarde chisporroteaba a través de las hojas se sentía pletórico de paz y brotaba en su pecho una extraña alegría. “Cómo nos afanamos y recorremos medio mundo en busca de una hipotética y esquiva felicidad e ignoramos que nos espera aquí en las cosas más sencillas”, pensaba.

El libro… Sí, Agamenón le había hablado de él, bien es cierto que sólo cuando el nivel de alcohol en sangre superaba todo lo razonable… En esos momentos él me consideraba parte de su familia y con pleno derecho y privilegio para conocer los íntimos secretos que el venerado libro guardaba en sus entrañas…

-Hermano Bendito- me decía con “aguardentosa” voz echándome la mano por el hombro. –Hay cosas en nuestro libro que es mejor que no conozcas…- y acto seguido, después de cabecear varias veces, me soltaba todos y cada uno de esos “secretos” que se suponía debía ignorar. Creo que en realidad él tenía tantas ganas de contarlos como yo de no saberlos. La verdad es que no me enteraba de mucho pues mi estado de ebriedad no difería mucho al de mi amigo y hermano ya que en esa asignatura, justo es decirlo, los dos aprobábamos con nota similar…

-Sí Nicanor, El Libro de las Tradiciones y los Ancestros que desde tiempo inmemorial custodia nuestra familia describe, entre otras cosas, con todo detalle, cómo se han desarrollado realmente numerosos hechos de nuestro pasado. Todo, amigo mío, todo está allí -me decía con ojitos brillantes- mis antepasados, los Matías, hemos estado presentes en numerosos acontecimientos históricos. Sin ir más lejos Nicanor: es bien sabido que Colón descubrió América pero lo que la gente no se sabe es que con el almirante viajaba uno de mis antepasados, Ambrosio Matías Cascajazo, cocinero, barbero y sacamuelas, bendito sea, gracias a él se llegó al nuevo mundo. Pues has de saber que, en mitad del ancho océano, al almirante le entró el desasosiego después de tantos días sin avistar tierra y quería a toda prisa volverse para las Españas. De hecho, habían puesto proa a la península cuando Ambrosio, alabado sea el Señor, le hizo ver a Colón la conveniencia de retomar el rumbo previsto. Se fue para el almirante y con las tenacillas de arrancar las molares le agarró por sus partes y mientras le explicaba la cuestión con un ligero apretón, le fue sugiriendo al oído las nuevas órdenes que al punto, con aguda voz de falsete, el famoso almirante iba gritando desde el puente: ¡Al oeste rápido, prooooa al oesteee! Desgraciadamente uno de los testículos no quedó bien parado pero, estarás conmigo que el continente bien lo valía ¿no? Y de allí viene ciertamente el famoso dicho del “güevo de Colón”.



Y eso no es todo. Lo mismo te piensas que fue Pizarro quien hundió las naves para que no se volviesen atrás sus hombres. Pues no amigo mío, ni de lejos: sólo un Matías es capaz de idear una estrategia tan mesurada y tan llena de sensatez, al fin y al cabo los cuatrocientos cincuenta españoles sólo tenían en frente a doce millones de aztecas y en previsión de que el mismo Pizarro se amedrentase… Enemesio Matías Arrimacandela… Bueno, ya sabes… Arrimó la lumbre a la santa bárbara de los navíos y así sin transporte de vuelta no les quedó mas remedio que tirar “palante” y conquistar Méjico. Precisamente es la santa faz de Enemesio quien figura en los billetes de un dólar y no un tal “Güashington” que dicen… Serán ignorantes.

Todo, amigo mío, todo lo pone en el Libro con pelos y señales, y digo bien, ya que es costumbre del escribidor mesarse las barbas y pegarlas en las hojas a modo de sello y rúbrica.

…Y así, saltando de siglo en siglo hacia delante y hacia atrás sin orden, sin concierto y sin rubor alguno, Agamenón me iba desvelando los principales hitos del transcurrir de los tiempos y en todos ellos aparecía uno de sus ancestros arrimando el hombro (o lo que fuese menester) tanto para bien como para mal. Y me habló de la tozudez del faraón al no dejar salir a los israelitas y, por supuesto allí estaba su consejero, Amenchotis Matías Ansetubrred uno de los más chulos y cabezones antepasados que la familia tuvo.
-Si amigo mío, hemos estado en esta tierra desde remotos tiempos… “pa que sepas”, cuando Dios dice en el paraíso: “He ahí al hombre que ha llegado a ser como uno de nosotros” ¿con quién te crees que habla? Pues sí, con Madrastrón Matías Genesisento Matusilano, nuestro Gran Padre Primordial, que se creó a si mismo de su propia costilla… (Llegado a este punto, yo ya no sabía si quien hablaba era Agamenón o algún loco borracho escapado del manicomio… Pero por si acaso yo asentía a todo)

-Madre mía, que barbaridad, cómo nos han tenido engañados respecto a la verdadera realidad de las cosas... Y dime Agamenón, lo que no entiendo es lo de la descendencia ¿cómo lo hacéis para perpetuar vuestra estirpe? porque estarás conmigo que agraciados físicamente la verdad es que no sois, sin ánimo de ofender, con esa enorme cabeza y bueno… con ese singular carácter que tenéis.

-Cierto amigo y no te falta razón, poseemos una belleza incomprendida. La cuestión es que nuestra familia sólo engendra varones, debido a que poseemos el “síndrome del gen vago” pues has de saber que nuestros ancestros no son “Homo sapiens” como el común de los mortales, sino “Australopithecus”, la rama extinta de la humanidad (excepto en nosotros). Pero respecto a la cuestión que me comentas, cuando llega el momento sabemos preparar ciertos filtros de amor que nos hacen irresistibles, sobre todo cuando es los damos a beber a las hembras menos agraciadas del lugar que son, a la postre, con quien acabamos uniéndonos…-una risita pícara y maliciosa se dibujaba en sus labios mientras me explicaba la cuestión del casorio…-

-¡Ay, el libro…! -suspiró Nicanor- cuantos buenos ratos hemos pasado Agamenón y yo a costa de sus secretos.

Sacó la carta y siguió leyendo…

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